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No sabia viajar

Hace poco encontré una foto de mi viaje a Tailandia en 2011. Frente a la bahía de Koh Phangan, sonriendo orgullosa de haber subido hasta arriba, con una camiseta que decía «I love Barcelona». En esa época no sabía todavía que iba a vivir ahí, que esa ciudad se convertiría en la mía. La verdad es que no sabía gran cosa…

Era nuestro primer gran viaje con Sébastien: Bangkok, Chiang Mai, Koh Samui, Koh Phangan.

Hoteles de lujo, piscinas privadas, masajes, compras inútiles de un anillo con zafiro y gafas de sol. Turistas perfectos…

Sébastien trabajaba en el mundo de los espectáculos, vivía entre aviones y salas de concierto: para él, vacaciones significaba descanso total. Maleta grande con ruedas, comodidad ante todo. Yo quería explorar, salir, conocer gente.

El viaje empieza con una disonancia. Apenas llegamos, propongo explorar el barrio de nuestro hotel en Bangkok. Él prefiere comer en el restaurante del hotel. En el menú: ensalada niçoise.

Entiendo que el camino va a ser largo…

Lo que no sabía todavía es que ese viaje me iba a dejar algo más duradero que un bronceado o unas fotos. Un malestar. Una semilla.

la piscina de nuestra habitación en el Santhiya hotel
Vista desde Koh Phangan.
¡la camiseta premonitoria!

Lo que me atraía eran los arrozales hasta donde alcanzaba la vista, la gente, sus caras, esos niños que jugaban al fútbol descalzos en la tierra… ¿por qué no parar? Escuchar su día a día, entender su vida?

Pero en ese viaje todo estaba cronometrado, organizado. No se permitía ningún desvío
Así llegamos a Chiang Mai.
En Chiang Mai hicimos lo que hacen todos los turistas. Lo que hoy haría diferente.

Primero los tigres. Un parque, jaulas, cuidadores que nos guiaban de animal en animal con una sonrisa. Nos fotografiaron desde todos los ángulos: él solo, yo sola, juntos, con un cachorro de tigre que no tenía nada que hacer ahí…

Después nos llevaron frente a un tigre enorme. Tumbado, inmóvil.
«Está descansando», dijeron… En la naturaleza, ese animal me habría destrozado en una fracción de segundo. Ahí, estaba tumbado. Sonreí para la foto. Pero algo, en el fondo, sonaba falso. Todavía no sabía ponerle nombre.

Acariciar un tigre en Tailandia.
Ni siquiera veía las rejas

Después las mujeres jirafa: mujeres Kayan, con el cuello alargado por anillos de oro apilados desde la infancia, confinadas en un pueblo reconstruido para turistas, vendiendo telas, aceptando ser miradas y fotografiadas.

Llevaba mi cámara. Una digital bastante mala, pero estaba aprendiendo… (de ahí la baja calidad de las fotos). Aun así me hice una foto con una de ellas, con las manos en la espalda. Como si mi cuerpo ya supiera lo que mi mente todavía no había formulado.
La relación era demasiado desequilibrada, demasiado incómoda. Algo en esa puesta en escena del otro me molestaba profundamente, sin que supiera todavía explicar por qué.

Luego el paseo en carreta y la visita a los elefantes. Pintaban cuadros, hacían un espectáculo.
La gente aplaudía. Yo tenía náuseas.
Le dí la espalda al espectáculo para ir a mirar a un bebé elefante que descansaba en un rincón.

Fue ahí cuando las vi: las cadenas.
Eso ya era demasiado.

Esas fotos nunca las publiqué. No las miraba. Podría haberme detenido ahí. Entender, cambiar, adaptar mis siguientes viajes…

Pero la conciencia no funciona así: avanza a tirones, por acumulación. A veces llega años después.

Han pasado diez años para mí y mi conciencia ha evolucionado. Pero para ese elefante, nada ha cambiado: probablemente sigue en el mismo lugar, haciendo los mismos espectáculos.

Podría haberme detenido ahí. Entender, cambiar, adaptar mis siguientes viajes…

Pero la conciencia no funciona así: avanza a tirones, por acumulación. A veces llega años después.

Se nos ve felices. Yo, en el fondo, me sentía tonta.

Unos años más tarde, hice mi bautismo de buceo en Maldivas.

Las lagunas turquesas, las mantarrayas, los fondos marinos que cortan la respiración. Él y yo, enamorados, las fotos perfectas: el sueño.

Como gran proyecto, una vuelta al mundo. Queríamos poder bucear donde quisiéramos, por eso estábamos ahí. A Sébastien, a veces lo llamaba «Mister Megalo». El vestido de novia encontrado, pero que solo se vendía en Australia: no había problema, nuestro próximo viaje sería ahí, pasaríamos por la tienda.

Era ese lado loco suyo lo que me incomodaba y me atraía a la vez. Abrir el abanico de posibilidades.

(Long story short: al final no hubo ni boda ni viaje a Australia, pero sí saqué mi título PADI 🙂

Lo que no sabía, lo que aprendí mucho después, es lo que se esconde detrás de esas islas de postal.

Maldivas son 1 200 islas dispersas en el océano Índico. Los turistas llegan a Malé y enseguida los trasladan a sus islas-hotel. Es el sistema. Dos mundos que conviven sin tocarse nunca: el de las lagunas y las piscinas infinitas, y el de los maldivos.

Lo que ese sistema esconde: un país donde los derechos de las mujeres están severamente limitados. Donde un niño puede ser juzgado penalmente desde los 7 años. Donde todavía se practica la ablación…

No lo sabía cuando reservé. Lo aprendí años después, siguiendo las noticias, leyendo artículos entre un café y otro. Y esta frase se impuso, simple y definitiva: si lo hubiera sabido, no habría ido, o al menos no de esa manera. Con la Sabine que escucha, que conoce gente, que se interesa por algo más que su pequeño mundo.

No es un juicio hacia quienes van, era yo, no hace tanto tiempo.
Es solo lo que hace la conciencia cuando avanza: vuelve imposibles ciertos pasos atrás.

La luna llena tiene algo de mágico en Maldivas

 

No me arrepiento de esos viajes. Forman parte de quien era, y de quien me convertí.

Tailandia me dejó cadenas en los ojos, y Maldivas me dejó preguntas sin respuesta…
Y desde entonces, algo cambió en mi manera de mirar cuando llego a un lugar.

Esos viajes contribuyeron a quien soy hoy. Más empática con los animales, menos altanera. Sensible a la causa humana. Habitada por ese sentimiento de injusticia de nacer en un país u otro, cuando en el fondo todos queremos lo mismo: ser felices el tiempo que nos toca en este planeta.

Me gustaría volver, algún día. A Tailandia, a Maldivas. No para borrar nada, sino para contarlo de otra manera…

Partimos siendo ignorantes. Es normal; incluso inevitable.

Lo que importa es lo que hacemos con lo que aprendemos en el camino. Camino despierto.

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